Su alto consumo es el principal culpable de la mayoría de las enfermedades crónicas actuales.
Desde la industrialización de los alimentos, el azúcar refinado inundó la cocina mundial. Su alto consumo es también el principal culpable de la mayoría de las enfermedades crónicas que azotan nuestra sociedad como la diabetes, la hipertensión, la arteriosclerosis, la obesidad, el cáncer, el alzheimer, entre otras.
Puede entrar a nuestro cuerpo de diferentes maneras y el mecanismo es muy nocivo. Tiene una absorción rápida que a los pocos minutos hace subir la glucosa en la sangre, esto produce un estímulo directo sobre la insulina, la hormona que es encargada de sintetizar grasa y proteínas.
A continuación, los motivos por los que el azúcar blanco refinado no es recomendable:
- No contiene ninguna de las vitaminas o minerales que el cuerpo necesita para procesarlo, por lo que no sólo no nos aporta nada desde el punto de vista nutricional, sino que roba al organismo minerales y vitaminas.
- Posee una impresionante capacidad adictiva.
- Distorsiona las hormonas, pues el sistema endocrino está compuesto por un gran número de glándulas interconectadas.
- Efectos: deprime el sistema inmune, envejece el cuerpo, crea inflamación, cambios raros de humor, síndrome premenstrual, etc.
- El azúcar, las harinas refinadas, los conservantes y colorantes intoxican desde que entran al organismo. El hígado es el guardián de ello, pero con el tiempo su capacidad desintoxicante se empieza a perder y las toxinas llegan al cerebro alterando sus funciones. Genera un estado en el cerebro de falta de oxígeno, de acidosis y de estimulación de la química cerebral que se relaciona con la ansiedad, la hiperexcitabilidad y esto se interconecta con la agresión, la angustia y los estados de pánico.
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