Columnistas

Esos monstruos que aparecen cada siglo

Por Leo Romero

Hace pocos días, recordando la figura de Guillermo César Reynoso (“El Pucho”), en el último párrafo de una de las habituales columnas que escribo los sábados de cada mes en las páginas de LA UNION, hacía mención a otros valores locales de real jerarquía que pasearon toda su capacidad, calidad y talento por las canchas de nuestro medio, del país y de diversos lugares del exterior. Entremezclado con Carlos Cazuza (“El Calludo”, apodo heredado de su padre, un empleado gastronómico muy querido en San Fernando del Valle), Manuel de Reyes Salcedo (“El Yareta”), Julio Cuello (“El Poroto”), Angel Aguirre (“El Negro”), Juan José González (“Jota Jota”), Víctor Hugo Safe (“El Turco”), Luis Quevedo (“El Tucumano”) y Juan Pedro Castillo (“El Chino”), aparece el nombre de Francisco Ramón Naranjo (“Chichilo”), en mi concepto personal y profesional, el más completo futbolista que parió esta tierra norteña, por lo menos en los cincuenta años de vida que hasta hoy le dediqué al periodismo deportivo.

Lo conozco desde siempre, cuando siendo un pibe inició su romance con una pelota de fútbol, en los arenales del Río del Valle, en pleno corazón del Club 9 de Julio, muy cerquita del cementerio municipal. Don Alfredo Lourido, un fanático del Racing Club de Avellaneda, lo llevó un día a Parque Daza, entidad ubicada en una de las costas del Río del Valle, justo en el límite natural entre los departamentos Capital y Valle Viejo. Su fama creció como la velocidad de un rayo, de tal forma que tras brillar en los campos de juego locales, desde la vecina provincia de Tucumán, siempre propensa a captar talentos catamarqueños (la lista es demasiado larga para transcribirla), le llegó la oferta para que se sumara al plantel superior del Sportivo Guzmán, institución del popular barrio de la Villa 9 de Julio. Estaba escrito en los estatutos del señor don destino, que un “juliano” se cruzara otra vez en su camino. Naranjo arribó al suelo azucarero cuando tenía 21 años de edad, y a los tres meses ya fue convocado para integrar las filas de la Selección de la Liga Tucumana, marcando el tanto del empate jugando frente al seleccionado argentino.

En el Sportivo Guzmán marcó un montón de goles, llegando a constituirse en ídolo en muy corto tiempo. Jugaba en un equipo que formaba con Castro, Figueroa, Véliz, Venecia, Ramos, Loretto, Acosta, Naranjo, Pedro Farias, su comprovinciano Víctor Hugo Safe (llegó proveniente de San Lorenzo de Alem) y Oscar Farías. Corría el año 1971. Del Sportivo Guzmán pasó a Gimnasia y Esgrima de Jujuy, equipo donde debutó ante Vélez Sarsfield de Catamarca, en el marco del Torneo Regional de la AFA. El “Lobo” jujeño inauguraba su flamante estadio y tuve la oportunidad de cubrir este choque, que terminó con un triunfo del dueño de casa. Recuerdo que el director técnico del once ambateño era Federico “Tucumano” Juárez, y que a poco de andar el cotejo fueron expulsados por agresión antideportiva (duelo de escupitajos) Juan José González (Vélez) y “El Trampolín” Fernández (Gimnasia). En ese team velezano alistaban, entre otros, Humberto “Lungo” Ortiz, Mario “Cuchi” Barrera, Angel “Arobe” Bazán, Rafael “Flaco” Herrera, Víctor Hugo “Chirola” Dumitru, Oscar “Bambino” Frías y Félix “Quirquincho” Echevarría.

Hay una anécdota que merece ser contada, para tomar conciencia de la controvertida personalidad del crack local, uno de esos monstruos del fútbol que aparecen cada siglo, como solemos expresar los periodistas para graficar cuánta innata habilidad, inteligencia y talento calzan los mismos. Sportivo Guzmán lo vende a Racing Club de Avellaneda. Naranjo fue a la terminal de colectivos para ir a Buenos Aires a su nuevo club, pero como deseaba estar con los amigos de Catamarca se tomó el colectivo para nuestra provincia, quedando sin efecto la operación. “Me equivoqué feo, pero así lo sentía interiormente, perdiéndome la oportunidad de jugar en un club grande de la Capital Federal”, me confesaba hace poco tiempo, en una improvisada charla mantenida en nuestra ciudad. Claro que se olvidó de señalar que uno de sus enemigos más temibles era la gran timidez que lo acompañó siempre, aspecto que varios colegas tucumanos se encargaron de remarcar. En realidad, esquivaba a la prensa como a sus adversarios en la cancha, “ya que nunca me gustaba que me hagan reportajes o notas, me incomodaba, porque yo no soy alguien bien instruido y tenía temor de responder a las preguntas de los periodistas”.

Francisco Ramón Naranjo también jugó en San Martín de Tucumán en los Nacionales “afistas”. Hizo muchos goles (era una lucha cada vez que debía tomar el avión). Luego de Jujuy consiguió una licencia especial de la municipalidad donde trabajaba y se fue a jugar a All Boys de Floresta, Buenos Aires. Ya tenía 30 años. De allí lo quisieron llevar a Tigre, pero prefirió volverse a sus pagos natales. En su último tramo como futbolista activo, jugó en Deportivo Aguilares de Tucumán durante ocho años y hoy sigue despuntando el vicio en los veteranos de Catamarca con el mismo entusiasmo y las ganas que cuando era un chico.

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