Columnistas

El catamarqueño, un soñador como pocos

Por Juan Carlos Andrada

Los movimientos sociales que triunfaron, los que supieron ganarse a la gente, son los que han propuesto alternativas, soluciones, trabajo. Las inclinaciones ideológicas que solo se ocuparon de rechazar o criticar han sufrido varias derrotas electorales este año.

Piénselo. Todos los críticos han quedado en el camino. Han sido forzados a repensar su relación con la sociedad. Aquellos que creyeron que se podía ganar el cariño de la gente fingiendo emociones los corrigió el pueblo con su voto. De esta forma y con estas actitudes, no.

De aquí que la minería como una invitación a la superación ocupó un rol central en las proposiciones que el imaginario popular evaluó en las elecciones. Concebida como política de Estado, la gente ratificó su aceptación en marzo, agosto y octubre.

Dicen que uno es parte del problema o parte de la solución, o simplemente parte del paisaje. Lo cierto es que la mayoría decidió enfrentarse con los problemas, pero salvando las críticas inútiles con planteos acordes con la realidad que sobrellevamos.

Pero no es solo un acto de entereza y de integridad de la ciudadanía. Es la única actitud que entienden puede sacarnos del sufrimiento, las injusticias y las asimetrías. Es una manifestación popular de esperanza. Una necesidad de resurgir permanentemente. Una recreación de su fe cada vez que alguien se aventura a ponerla en duda. “Da gracias a Dios por lo que se tiene, allí comienza el arte de vivir”, Doménico Cieri Estrada.

Catamarqueño soy, señor

Una vez que uno elige la esperanza todo es posible. Así piensan y sienten nuestras comunidades. Quienes quieran conquistarlas deben ser hombres de confianza, cuya convicción sea que los pueblos nunca dejan de luchar por aquello que creen. De lo contrario, van a intentar una y otra vez, y nunca van a conseguir acompañamiento.

Lo cierto es que oponerse por oponerse no es atendible (tampoco es serio) para las sociedades trabajadoras y preocupadas por su futuro. Pero nunca faltan los meros examinadores o los notables fustigadores de intereses inconfesables. Inútilmente, porque terminan canalizándose por la fuerza y voluntad de las mayorías democráticas.

El caso es que contrasta gravemente con esta Catamarca de familias con sueños pendientes (y de anhelada madurez). Hombres y mujeres de caminar cansino, pero con el ánimo indestructible. Tranquilos por fuera, pero vehemente por dentro.

El catamarqueño es soñador como pocos. No acepta a los que solo objetan, impugnan, contradicen o se oponen. Claro que para estos encendidos posmodernos no es fácil admitirlo y aceptar el rechazo de los ciudadanos, que simplemente con su voto “decidieron” quiénes deben conducirlos y qué quieren para su familia y su comunidad.

De todas formas, muchos prefieren persistir en su lógica negativa de que “no vamos a poder”, que “la mayoría se equivocó” o que “proyectamos absurdos”. No son culpables de nada. Simplemente no tienen la suerte de comprender como lo hizo a tiempo Hermann Hesse, que dijo que “para que pueda surgir lo posible es preciso intentar una y otra vez lo imposible”.

Providencial

“Yo amo a aquel que desea lo imposible”, dice Johann Wolfgang Goethe. Comparto ese sentimiento. La cuestión es qué tanto hacemos nosotros en la dirección elegida (soñada), y en todo caso, convenida o puesta a consideración en cada elección democrática (manifestación del sueño de muchos).

Todos percibimos que no será fácil. Pero una de las sorpresas agradables que podemos encontrar de camino al comprometernos completamente con algún proyecto popular y específico, es que surgen fuerzas y oportunidades que no imaginamos antes de emprender cada desafío. La fe empuja y termina forjando coyunturas favorables, para nosotros “providenciales”.

Sin embargo, bien se advierte a los hombres de fe, “reza a Dios, pero sigue remando hacia la orilla”. El trabajo en consecuencia debe ser incesante. Nuestras expectativas deben apoyarse en las concomitancias, oportunidades, coincidencias. Cada día cuenta.

Integrar los esfuerzos, diría mi abuelo, es de un “catamarqueño de ley”. El curita de mi barrio, al que quiero y guardo el mayor de los respetos, me recodaría oportunamente como siempre la eterna enseñanza del buen samaritano.

Queremos lo mismo

Las personas fuertes crean sus acontecimientos. “Tendremos el destino que no hayamos merecido”. ¡Salud otra vez por Albert Einstein!, que evidentemente no solo es considerado el físico más importante del siglo XX sino que, con la cita expuesta, demuestra que era hombre de conducta positiva ante las dificultades de la vida.

Fe, ciencia, conocimiento, actitud, respeto por las leyes. Al fin y al cabo nada es casual. “Cuando visito un país o una localidad, me preocupo tanto por cuáles son sus leyes como en saber si se aplican”, estableció ya Montesquieu en su Espíritu de las Leyes.

Ahora que si usted quiere, le demos hasta un toque de sentido estético. “Cuando trabajo en un problema nunca pienso en la belleza, pienso en solucionar el problema. Pero si cuando terminé la solución no es bella, sé que algo está mal”, Richard Buckminster.

Si bien hay gente que está cómoda con sus viejos problemas, la mayoría prefiere ahondar en soluciones. Sin olvidar la historia ni el destino de nuestro pueblo, es evidente que los catamarqueños queremos lo mismo: una minería que “nos sirva”, y agrego: “custodiada por todos”.

 

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