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Hecho histórico

Domingo, 4 Diciembre, 2011 - 12:30
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Por Pablo Enrique Bordón

Cuando en octubre de 1983 los argentinos todos concurrían a las urnas en un domingo histórico, muchos jóvenes que nos incorporábamos a la vida política abrazando nuestros ideales, estábamos con nuestros sueños a cuestas.
Fue un duro aprendizaje saber que salíamos de una dictadura militar sangrienta, del desmadre económico, del sometimiento imperial, de la aventura de una maldita guerra, del yugo de una clase privilegiada, de la destrucción de miles de vidas, de la desaparición de personas, de la ausencia de libertad, de la pobreza de millones de argentinos, de la patria financiera, de una oligarquía temible.
Salir de la ceguera fue la tarea más ardua y persistente que nos fijamos como objetivo. Demostrar a la sociedad entera que la democracia era el único sistema que garantizaba y garantiza los valores de la república, las libertades individuales, los derechos fundamentales del hombre, el federalismo, las autonomías municipales, el acceso de los ciudadanos a derechos mínimos, la libertad de expresión, de prensa, de asociación, de protesta.
La democracia debía quedarse para siempre. Era ponerle fin a ciclos peligrosos de inestabilidad institucional y democrática, pero a la vez no era una tarea sencilla.
En primer lugar, la democracia significaba algo superior a la idea de ser solamente un mecanismo que permite a la ciudadanía elegir cada dos años a sus representantes. La democracia está ligada a un valor, decía Raúl Alfonsín en su discurso de Parque Norte en 1985. Ese valor lo da el pluralismo. Es decir la aceptación del disenso y de las divergencias. Antes en su libro (La Cuestión Argentina), se refería a la democracia no como un lujo, sino como la única condición que garantiza a toda una sociedad la libertad, la igualdad y la justicia.
Ya han transcurrido 28 años de aquel acontecimiento. Un 10 de diciembre de 1983, los argentinos en su inmensa mayoría presenciábamos el comienzo de una nueva etapa en el país. Pero también el fin de otra. No era un simple slogan de campaña la expresión “más que una salida electoral, una entrada a la vida”. Era, por el contrario, un resumen eficaz de la idea que implica el sistema democrático.
En nuestra provincia no éramos ajenos a este momento histórico. Asumió un nuevo gobierno elegido por el pueblo. Un nuevo gobierno de signo político distinto al de quienes asumían la responsabilidad en el orden nacional. Pero eso lejos de ser un inconveniente era, por el contrario, la experiencia más rica de convivencia y de entender que el federalismo no es letra muerta en la Constitución Nacional.
Nuestro país se caracterizó por años de inestabilidad política, social y económica. Con fuertes impactos en nuestras provincias. Pero la lucha constante y la madurez del pueblo de nuestra Nación lograron que este sistema democrático se quedara para siempre.
Los cambios de gobiernos se hacían a través de golpes de Estado o por fuera de la legalidad. Casi todo un siglo de violencia institucional. La alternancia democrática era una utopía.
La alternancia en el Gobierno es un elemento esencial del sistema democrático. La alternancia constituye un presupuesto y una condición de la democracia. La mera sustitución de personas, aunque su elección sea el resultado de elecciones libres, no constituye en principio una plena y verdadera alternancia en el Gobierno si no hay cambio del partido gubernamental o del principal partido político gubernamental, en el caso incluso de coaliciones pluripartidarias. Obviamente que esta idea o concepto se aplica inexorablemente en los sistemas presidencialistas como el nuestro. Sería extenso entrar en otras definiciones acordes esencialmente con los diferentes regímenes políticos.
Pero eso es lo saludable en la vida democrática. La alternancia. Ultimamente hemos observado tanto en analistas, en periodistas o en la misma dirigencia política independientemente del partido político a que pertenezca, considerar un desmérito lo que debería ser razonablemente una virtud. “Los gobiernos nunca pierden. Los oficialismos perduran siempre. El signo político que gobierna se queda por tiempo indeterminado. Ningún gobierno perdió elecciones”. Todas estas frases resultan de una manera equivocada de ver la democracia. La alternancia es el oxígeno del sistema.
De acuerdo con estos conceptos, en nuestra provincia caben los mejores ejemplos de esa equivocación que resultan esas expresiones. Catamarca es peronista, se decía en su momento, Catamarca es radical en otro, Catamarca es oficialista. Se daba por sentado que era tarea imposible que gobernara un signo político diferente al del oficialismo de turno. Vaya error. La realidad misma se encargó de demostrar lo contrario. Pero además, cabe agregar que esto no es producto de la casualidad o de un proceso meramente natural. Si observamos a otras provincias, esa alternancia es inexistente. Las causas son varias, pero las primordiales se atribuyen a sistemas perniciosos y perversos en materia electoral e institucional. Sistemas hechos a medida de quienes pretenden la perpetuidad en desmedro de la salud del sistema democrático. No quisiera extenderme en demasía sobre este plano. En Catamarca, la salubridad se da por diferentes razones. Una de ellas es lo que la propia Constitución Provincial establece, sumado al sistema electoral que permite de manera trasparente y genuina el acceso de las minorías al parlamento, como asimismo las leyes que favorecen a las autonomías municipales, como la de coparticipación municipal, las de regalías mineras. Pero lo más importante es que independientemente de las bondades del sistema político en nuestra provincia, está la madurez de nuestro pueblo. Las prebendas, el clientelismo de cualquier signo, las dádivas o cualquier otro intento por manipular o torcer la voluntad popular resultan hoy por hoy ineficaces, a tal punto de que generan el resultado contrario. El ciudadano catamarqueño escucha, se expresa, se calla, recibe, da guiños. Pero en el cuarto oscuro sabe de su inmenso poder. Quedó demostrado en varios procesos electorales.
Por eso es que estamos en presencia de un acontecimiento único. Estamos a días de un hecho histórico. Asume un nuevo gobierno, de signo distinto al anterior. Comienza un nuevo período. La democracia goza de buena salud. Tantos esfuerzos en estos 28 años no fueron en vano.
Pero además, debemos todavía adquirir nuevos aprendizajes. Es un avance importante el que vivirá Catamarca en estos días. Experimentar la alternancia sin que intervengan acontecimientos ajenos a la convivencia democrática y republicana es toda una evolución.
Ese aprendizaje está relacionado con desdramatizar los acontecimientos. En democracia se gana y se pierde. Pero además hay que derrotar otros obstáculos. La de la mirada maniquea y apocalíptica de la política. Aprender el valor de la tolerancia. Los discursos extremos, la calumnia generalizada, la visión amigo-enemigos de la política son piedras en el camino. No se puede mirar lo anterior como todo lo malo. Es tiempo de que debemos aprender a rescatar lo bueno de lo anterior. No se puede asumir un Gobierno instalando la idea de que todo está mal, esto es un desastre, etc. El pueblo de Catamarca no votó en estos 20 años por profundizar el desastre que tanto se declama. Catamarca es diferente, eso es innegable. Sería extenso enumerar todo lo que se hizo o lo que se modificó. Como innegable es el hecho de que existen asignaturas pendientes, y por eso la ciudadanía optó por el cambio. Escogió sin temores.
Todo un avance saludable. A los que asumen el nuevo gobierno, el mayor de los éxitos. Reciben una provincia diferente. A la oposición nueva, madurez y responsabilidad para no esperar el fracaso del contrincante. “El que gana, gobierna. El que pierde, se opone racionalmente, controla y amenaza en la sucesión”.
Estamos en presencia de un hecho importante. No hablo como analista, sino como actor político.
“Sabremos, por fin, lo que quiere decir democracia, porque ya no será un slogan impunemente manoseado ni una enfermiza competencia por el voto del pueblo, sino una forma de vida y filosofía…”. Raúl Alfonsín.
 

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