Opinión

Las raíces periodísticas de Gabo, según Ariel Castillo

Por Jorge Fabricio Hernández  

“El periodismo le agudizó a García Márquez el uso de los sentidos que luego encontramos en su literatura”. Así resume Ariel Castillo, filólogo y experto en la obra de Gabo, la relación que el autor mantuvo entre el periodismo y sus obras de ficción.

La charla de Castillo fue el abrebocas de la Beca Gabriel García Márquez de periodismo cultural, que tiene lugar en Cartagena, Barranquilla y Aracataca entre el 26 de abril y el 3 de mayo. Durante esos ocho días, 15 periodistas exploran la relación entre periodismo y ficción tomando como mapa Cien años de soledad.

Durante su presentación en Cartagena, Castillo trazó un exhaustivo mural de las raíces periodísticas de Cien años de soledad, a partir de un recorrido bio-bibliográfico de García Márquez y en particular lo sembrado desde la primera etapa en los llamados “Textos costeños”. Explicó cómo entre 1948 y 1952 se enraizaron en la prosa del joven periodista que ya se soñaba novelista el cruce de la literatura pura y dura con el más serio concepto del periodismo informativo.

Sin embargo, hay que aclarar que García Márquez empezó publicando retruécanos barrocos de una lírica muy inspirada en poemas breves que han sido olvidados por los posteriores lectores de su obra. Esto quizá porque el propio autor pasó pronto al cuento como género casi confundido con la crónica o la memoria personal y a la postre, abono de su novelística.

Allí está el origen de Cien años de soledad: en el afán del periodista que lo mismo pone el microscopio en la popularidad y microhistoria de la música vallenata que el telescopio en la luenga historia  hispanoamericana. Heredero de los cronistas de Indias y del periodismo que se instaló en América de la mano del modernismo (allí  donde los poetas se volvieron cronistas), García Márquez abrevó de Martí, Darío, J.A. Silva e incluso Vargas Vila, tanto como de Hemingway, Dos Passos o Capote.

Castillo dibujó un lienzo biográfico donde explicó que, a partir de la lectura de Kafka, García Márquez habría de encuadrar o sincronizar mejor la maravillosa realidad que lo rodeaba con la desatada imaginación que cargaba desde su infancia. De allí la influencia de las letras de canciones de vallenato que parecen prefigurar el mundo de Macondo y las raras noticias de sucesos que ocupaban las prisas del reportero ya instalado en los primeros trabajos como periodista, donde nos informa Castillo que el joven Gabo tuvo que pulir los alargados párrafos barrocos.

En este proceso Gabo fue guiado por las manos de viejos periodistas que apuntalaron en él la prosa más directa o puntual, como su primer editor en el diario cartagenero El Universal, Clemente Manuel Zabala. Esto sin afectar el binomio que García Márquez heredó de Faulkner, quien afirmó que no había mejor lugar para escribir que la posibilidad de vivir en un burdel pues de día son los lugares más callados del mundo y de noche reciben la vida palpitante de todos los niveles de una ciudad. Gabo lo confirmó en  las viejas casas de asistencia donde sobrevivía pergeñando crónicas y escribiendo y leyendo a deshoras mientras las mujeres de la vida galante le preparaban los desayunos y le levaban la poca ropa.

Dicho en una sola metáfora, García Márquez empezó su andar en tinta con una constante propensión a la ecualización entre la constancia de los hechos y la inverosimilitud de los sueños y eso, entre muchas otras magias, conforma el principal aliciente y ejemplo que siguen hoy los becarios que ya han empezado a recorrer la calles y los párrafos de Cartagena para la confección de sus propios párrafos.

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