Opinión

La Justicia sin el juez Quiroga

Por Omar López Mato (*)

Este es un país hecho por abogados y para abogados. Siguiendo esta lógica han construido una intricada conexión de leyes, procedimientos y estructuras burocráticas que contemplan más los procedimientos que las conclusiones.

Para los abogados, muchas veces no importa la justicia en sí misma (un concepto abstracto y discutible), lo cierto es el procedimiento, la mecánica que permite dar legitimidad a un proceso, aunque se pierda de vista la meta final que es la conclusión sobre quien fue el culpable de tal o cual acto. Para esquivar estas razones de fondo los jueces se van en argucias y tecnicismos que bordean lo kafkiano, envueltos además en luchas de vanidades que rozan la rivalidad entre vedettes (en el caso de Oyarbide solo le faltaba las plumas, porque la coreografía ya la tenía ensayada).

Tras décadas de este juego perverso el sistema judicial colapsa en un mar de expedientes que esconden las verdaderas causas de esta inactividad donde cualquier trámite se convierte en un vía crucis.

Se podrán esgrimir muchas causas (atraso presupuestario, falta de controles, escasa idoneidad, falta de presión de la sociedad y cierta complacencia burocrática) pero muchos consideramos que la verdadera razón de este marasmo tiene fecha y hora de inicio, el 28 de abril de 1974, a las 14,30 hs., dos meses antes de la muerte de Juan Domingo Perón (en pleno proceso democrático), cuando Marino Amador Fernández y Raúl Argemi descargaron sus metralletas a quemarropas sobre el Dr. Jorge Vicente Quiroga, ex juez de la Cámara Federal Penal. ¿La causa? El juez Quiroga había condenado a los miembros del ERP, camaradas de sus victimarios, por crímenes subversivos. Quiroga se desangró en la vereda y murió dos horas más tarde en el Hospital Rawson.

La inteligencia del ERP para llegar a Quiroga había obtenido esa información de las confesiones del juez Bianco, arrancadas bajo tortura.

Los asesinos fueron capturados semanas más tarde en su domicilio de Ramos Mejía, donde hallaron armas de guerra, explosivos y documentos falsos. Por tal razón fueron condenados a 25 años de prisión, pero estas penas no se cumplieron y fueron liberados por amnistías y reducciones de condena, menos de 10 años más tarde. Para ellos hubo olvido y perdón. No fue así para los muertos por la subversión.

Actualmente Argemi vive en España recordando sus años de plomo, años en los que también ultimó al almirante Quijada. Gracias a “sus proezas”, fue indemnizado y de allí viajó a Madrid, donde desarrolló una exitosa carrera como escritor. Estos y otros actos terroristas detalla en sus novelas (que han ganado el premio Hammett), pero en sus largos reportajes de nada se arrepiente ni menciona la muerte del juez o el almirante (solo destila rencor).

También Marino Fernández fue indemnizado… Pero la vida tiene sus vueltas. El mismo Righi que lo liberó en su momento, le pesificó sus ahorros...

A partir de la muerte de Quiroga a los jueces de la Nación les tembló el pulso para condenar a los guerrilleros subversivos que asociados a naciones extranjeras se inmiscuían en los asuntos del país. Cuando el bebe Righi, ex Procurador de la Nación, dejó su cargo, también dejó impunes 22.000 atentados subversivos que causaron 2.000 muertos.

Después de la violenta muerte de Quiroga ¿Podía confiarse en la Justicia  y sus jueces? ¿Acaso la muerte del juez alentó la retaliación por mano propia de los militares? Los caminos del destino son extraños, quizás de haber existido la Cámara Federal en lo Penal los acusados de actos subversivos hubiesen sido condenados por jueces y no en oscuros calabozos, después de ser torturados. De no haber sido suspendida esta Cámara Federal ¿hubiesen existido 8.000 desaparecidos?

Desde entonces, salvo contadas oportunidades (como el del juez Oscar Salvi condenando a Massera o el juez federal Jorge Urso a Menem, o Nisman y su fallida denuncia), la justicia actúa en forma espasmódica y timorata. Obvio que existen jueces probos y de virtudes republicanas, pero el resultado final de la justicia oculta sus actuaciones tras décadas de fallos atrasados por las mismas razones. Lo dijimos más de una vez: un dictamen 20 años más tarde tiene poco de justo. La Dra. Carrió encabeza una cruzada que no sé qué resultados tendrá, pero es un antecedente valioso… así las cosas no pueden continuar.

Después de la muerte del juez Quiroga la Justicia, como un enorme quelonio, se esconde en su caparazón inexpugnable envuelto en argucias para prolongar con expedientes infinitos la verdadera naturaleza de los hechos a fin de restituir cierto orden en la sociedad. Los jueces temen dictar condenas que castiguen a los peces gordos (una frase de Zaffaroni pinta el accionar judicial en toda su extensión “En Argentina van presos los pobres o los boludos” –sic-). Con argumentos falaces liberan asesinos y violadores que continúan sus desmanes y se esconden en tecnicismos garantistas o teorías extravagantes de mentes extraviadas para justificar sus fallos, que en última instancia solo confirman su falta de coraje cívico, su temor a perder las prerrogativas burguesas de pequeños burócratas (no pagan impuestos a las ganancias, tienen jubilaciones de privilegio o continúan en su cargo “hasta que la muerte los separe”) disueltas sus responsabilidades en el enorme engranaje judicial.

Las causas contra el kirchnerismo –el heredero de la subversión montonera y erpiana- padecen de esta prolongación del miedo instaurado por la muerte del juez Quiroga, la explicación inconfesable de demoras y excusas, miedos y fantochadas de jueces y fiscales que siguen siendo presionados por las mismas bandas de ayer y que de esta forma demuestran que no tienen lo que tienen que tener para hacer lo que deben hacer. Siguen amedrantados por los mismos bandidos  que ayer mataron y hoy roban sin asco. ¿Qué otra propiedad de Cristina hay que descubrir para condenarla por enriquecimiento ilícito? ¿Qué más necesitan para demostrar una asociación ilícita? ¿Qué Báez salga a gritar que era el testaferro de Cristina?

Para colmar esta historia de bajezas, el juez Bruzzone en 2012, presionado por el gremialista Julio Piumato, hizo bajar la placa que recordaba al honorable juez Quiroga.

Después murió Nisman y no creo que Piumato siga pensando lo mismo.

Donde no hay justicia para todos, no hay justicia y tampoco hay memoria y solo nos queda este pastiche de mentiras rejuntadas en forma de un relato para escribir una historia mendaz, tranquilizar la conciencia de asesinos, prolongar el goce de haberes malhabidos y esconder la cobardía de aquellos que no tienen lo huevos para condenar los hechos aberrantes que asolaron y asolan a nuestra patria.

Y para terminar. ¡Cristina no debe salir del país! A un ladrón de gallinas no lo dejarían salir. No veo por qué a ella, que no es más que otra chorra, sí.

(*) Médico y escritor  

Su último libro es Ciencias y mitos en la Alemania de Hitler

omarlopezmato@gmail.com  

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