Opinión

De Odebrecht al Dakar

Por Paul Lurent

Que en medio del escándalo de corrupción promovida por Odebrecht el gobierno anuncie que el Rally Dakar volverá a pasar por territorio peruano, es no comprender el por qué de los altos niveles de corrupción en la función pública.

La historia es la de siempre: prometer grandes ganancias a partir de una “inversión mínima”. Obviamente, inversión estatal.

En el 2013 esa “inversión mínima” le costó al tesoro público 6 millones de dólares. Hoy no sabemos cuánto tendrá que desembolsar el estado a los organizadores del rally, pero la ganancia estimada por el ministro del rubro es de 300 millones de dólares.

En medio de detenciones de funcionarios acusados de recibir sobornos por parte de Odebrecht, ¿nadie repara que alentar negocios de terceros no es función del estado? Bueno, desde que se dio vida a la noción de que el estado debe cumplir un rol subsidiario respecto al mercado ese viejo principio del constitucionalismo clásico se dejó de lado. Así pues, ¿cómo limitar al poder político si este ya no depende directamente de sus contribuyentes, sino de los ingresos de los negocios que promueve con caudales fiscales?

Otrora la función del estado era proteger la vida de las personas y sus propiedades, por lo que se colegía que no era su misión financiar inversiones privadas ni mucho menos fungir de empresario. Pues si hacía ello desviaba recursos del tesoro público que tienen que estar exclusivamente concentrados en atender aquellos servicios que la mayoría de la población no puede asumirlos por propia cuenta y riesgo: seguridad ciudadana y justicia.

Como se sabe, esa manera de ver la política fue suspendida para dar paso a un estado capaz de involucrarse hasta en los más pequeños detalles. Incluso jugando a prever el futuro, desde donde se invita a participar del Rally Dakar con el fin de estimular el surgimiento de nuevos negocios. Suena a ganancia segura. Como sin ninguna duda también sonaron en su momento cada uno de los proyectos que se lanzaron para que empresas como Odebrecht entraran en escena. Entre ellas, carreteras como las IIRSA Norte y Sur (las “interoceánicas”), donde es muy raro ver pasar un vehículo.

A estas alturas de nuestra historia republicana el guion de la corrupción a gran escala es un refrito: “políticos con visión de futuro” (los que ven negocios que se activan con dineros públicos) firmando contratos con empresarios expertos en ganar licitaciones estatales, las que inmediatamente renegociarán a tal grado que al final de la historia no invertirán un céntimo. Es decir, estamos ante “emprendedores” que realizan su mayor inversión en ubicarse lo más cerca posible a los políticos. Como muestra, muchos “apellidos ilustres” han brotado de ese apareamiento.

Por lo dicho, este cortesano nivel de corrupción se cura evitando lo más posible la presencia de “políticos con visión de futuro”. Siendo que para que ello se dé será menester volver al viejo principio constitucionalista de que el estado no debe de involucrarse en los negocios. Claramente, la corrupción existe porque tenemos una institucionalidad que la alienta. En términos simples, una institucionalidad que coloca al gato de despensero.

Fuente: República Liberal

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