Opinión

Los dilemas de la clase media

Por Carlos Berro Madero

“Cree en aquellos que buscan la verdad y duda de los que dicen haberla encontrado” -André Gide

Puede reconocerse el advenimiento de la era moderna a través de la irrupción social de la clase media con sus obsesiones de revolución burguesa, y sus denodados esfuerzos para defender su status “a capa y espada”.

Hoy, en un mundo plagado de incertidumbres, su deseo de lograr una situación de vida similar a la de antaño, permite visualizar la contradicción entre dos valores: seguridad y libertad; ambos igualmente codiciados pero bastante difíciles de conciliar y disfrutar conjuntamente.

“El progreso”, dice Zygmunt Bauman, “se ha convertido en algo así como un persistente juego de las sillas en el que un segundo de distracción puede comportar una derrota irreversible y una exclusión inapelable”.

Por la razón antedicha, muchos sociólogos contemporáneos ubican el sentimiento de pérdida en un escenario donde priva el temor a sufrir una muerte a manos de la violencia y la cercanía de algunos vecinos indescifrables, que promueven una predisposición para aprobar algunos discursos políticos que prometen algo imposible de lograr: una vida diáfana y estable sin sobresaltos de ninguna naturaleza.

La clase media parece decir, como Friedrich Dürrenmatt: “es triste vivir en una época en la que hay que luchar por las cosas evidentes”. Y este apotegma, así sin más, pareciera ser su principal estandarte de rebelión cultural ante los cambios.

La Argentina modeló su progreso en los primeros años del siglo XX y las corrientes migratorias europeas produjeron el desembarco de hombres y mujeres que venían huyendo de las guerras europeas para establecerse en un ambiente de progreso y libertad. Nuestra clase media fue, de tal modo, el producto del sacrificio de quienes se afincaron y construyeron una nueva generación más “acomodada” (“m´hijo el doctor”), por medio del sacrificio personal.

El temor a perder lo conquistado, ha abierto paso en nuestros días a ciertas preferencias ideológicas nacidas del sentimiento de infelicidad personal ante la presencia de un mundo que, al crecer explosivamente, dejó de proporcionar oportunidades para todos, poniendo en evidencia la desigualdad que cada individuo trae al nacer “diferente” a los demás.

A la incertidumbre acerca de cómo se gobierna el mundo presente, se sumó entonces la preocupación por cómo se gobierna uno mismo, sostiene Bauman, y este vértigo emocional desbarata el equilibrio psicológico y la paz mental de quienes han quedado a merced de las utopías vendidas por algunos farsantes, a  los que se aferran porque no ven otro camino.

Está comprobado que la clase media se aleja de las normas cuando “algo va mal”, desarrollando un erróneo sentido de autoprotección para vencer una injusticia que, en su concepto, promueve la desaparición del equilibrio social que la tuvo alguna vez como protagonista, sintiendo que el mismo le ha sido arrebatado injustamente.

El agravio de la felicidad negada por la nueva realidad, se convirtió  así en terreno fértil para la aceptación de las falsas promesas de quienes viven asegurando que restituirán el ordenamiento perdido, sabiendo perfectamente bien que ello es imposible.

El kirchnerismo, por mencionar un ejemplo reciente, supo manipular con bastante eficiencia este sentimiento, vendiendo un proyecto de acceso a la buenaventura aún para aquellos que no cumplían los requisitos mínimos de inclusión por falta de aptitudes para desempeñarse en tareas calificadas, sin preocuparse en lo  más mínimo de ayudarlos a mejorar sus conocimientos, contribuyendo a aumentar en número la legión de quienes constituyen –usando las palabras de Marx y Hegel-, “la chusma del proletariado” (sic), quienes, por su propia ignorancia, no demuestran mayor interés por perfeccionarse y suelen mirar al prójimo como si fuese un enemigo agazapado.

¿De qué manera lo hizo? Pues inundándole los bolsillos con dinero a cambio de nada, sin promover rutina alguna vinculada con un cambio de cultura que privilegiase el paradigma del esfuerzo personal.

Esto se constituyó en la frutilla del postre.

Quizá sea oportuno recordar en este punto el pensamiento de Ítalo Calvino puesto en labios de Marco Polo: “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué en medio del infierno, NO ES INFIERNO, y hacer que dure dejándole espacio”.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero

carlosberro24@gmail.com

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