Opinión

La iglesia de los hombres no siempre está cerca de la Iglesia de Dios

Por Eduardo Servente (*)

En la primera mitad del siglo XX, en un remoto pueblo del este de Italia, San Giovanni Rotondo, predicaba el padre Pío, nacido en un poblado cercano llamado Pietrelcina, y era muy seguido por todos los feligreses de la zona por su gran devoción, su amor al prójimo y su entrega a Dios.

El Padre Pío, en sus manifiestas luchas contra el demonio, se entregó sin limitaciones al amor de Dios, y así fue “recompensado” con la manifestación real en su cuerpo de los estigmas de Cristo.

Hoy lo vemos con el pasar del tiempo y tomamos como ejemplo esa vida milagrosa, no dudamos de la persona y los hechos, que hasta ha participado en la zona del Río de la Plata, sin haber venido nunca a estas tierras salvo por el milagro de la bilocación.

San Pío de Pietrelcina hizo incontables milagros, tanto en vida como después de fallecido. La iglesia lo persiguió incansablemente, lo controló, lo acosó, pero no lo pudo acallar. Menciono este caso, por no ser muy conocido, y como es de mi preferencia de esta manera quizás sea posible que motive a los lectores a averiguar sobre lo que estoy hablando y así llegue su mensaje más lejos.

Pero es sabido que hay muchísimos casos como el del Padre Pío en la historia de la iglesia. Ejemplos muy conocidos que me vengan a la memoria puede ser el caso de Galileo Galilei quien fue perseguido por defender que la Tierra no era el centro del universo.

Lamentablemente la Iglesia en muchas ocasiones se ha mantenido a mucha distancia del hombre, muchas veces su cercanía ha sido falsa, lejos de la palabra de Jesús, lejos de los fieles y lejos de la libertad. Repetidas veces por imponer sus creencias ha faltado al fondo del mensaje de Jesús y ha ido en contra de la libertad del hombre.

No doy esta afirmación con ánimo absolutista. La iglesia es una organización milenaria que ha marcado caminos, ha guiado sabiamente y muchos de sus integrantes han sabido acercarse al Evangelio como al hombre.

En los últimos tiempos hemos oído repetidas veces que en varias oportunidades y en distintas circunstancias, miembros de la iglesia han sido acusados de abusar de los más indefensos aprovechando su posición de “hombres de Dios” y así satisfacer sus más bajos instintos.

Está en la iglesia como organización rever sus preceptos y exigencias para evitar que sus “hombres de Dios” cometan tales barbaridades, pero principalmente considero que esa iglesia de los hombres que fue en la historia tan censuradora y persecutoria como los ejemplos de más arriba, debería por lo tanto ser capaz mediante su extraordinaria organización, de controlar abusos producidos en su seno que dañan irreparablemente a muchos inocentes.

De nuevo, expresando esto sin absolutismo, considero que su organización y la mayoría de sus miembros están cerca de Dios, obran con bondad, buena fe y por la contención y buena guía de sus hermanos, pero la maldad que menciono existe y es demasiado generalizada, o por lo menos se conoce más.

La prédica de Jesús no habla de controles y limitaciones, sino que habla de amor, perdón y entrega. La iglesia de los hombres muchas veces insiste en poner límites, en controlar, en castigar, en cercenar nuestras libertades, pero no es capaz de controlar a sus “hombres de Dios” que no tengan aberraciones y causen tanto mal en personas inocentes.

Es cierto, son aberraciones, y como eso se deben tomar. Esas aberraciones también existen fuera de la iglesia, y como dije más arriba, no son para generalizar en toda la iglesia. Pero el solo hecho de existir una sola hace que sea gravísimo y debemos esperar la firme reacción de la organización eclesiástica para revertirlo, y no solo con palabras, con hechos.

Jesús anduvo en su vida pública con pecadores y hombres justos. Perdonó hasta en sus últimos momentos clavado en la cruz. Siempre dejó que los asuntos de los hombres lo arreglásemos entre los hombres: …“dad al César lo que es del César”…, …”mi reino no es de este mundo”…, etc. Tanto fue así que muchos de sus seguidores estaban desilusionados porque no lo notaban agresivo contra el poder de Roma.

El hombre no aprendió, tanto que la iglesia en toda su historia ha intervenido en política y no siempre con las mejores intenciones, ni con las mejores decisiones.

En la historia moderna tenemos ejemplos fuertes de papas influyendo en la política mundial. SS Pío XII con fuerte accionar durante la II Guerra Mundial, SS Juan Pablo II durante la caída del comunismo. Y hoy tenemos un Papa, que si bien muestra estar abocado a cambios de paradigmas mundiales, mostrando potentes gestos de humildad y enviando mensajes fuertes en ese aspecto, al ser argentino, por lo tanto latinoamericano, no cesa en enviar mensajes políticos con sus gestos a los países del área, especialmente a Argentina y Venezuela. Está bien que envíe mensajes pastorales a la humanidad y especialmente a los pueblos de sus orígenes, a aquellos que más ama, pero considero que no debería marcar diferencias ni simpatías políticas especialmente porque tiene mucha influencia en esos pueblos donde él tiene más arraigo.

De la misma manera que un padre no hace preferencias entre los hijos, habiendo ahí un sincero amor igualitario, el papa no debería influenciar políticamente entre sus hijos, y más aún si son los hijos de su propio pueblo. En ese aspecto debería llamarse a silencio, pelear por las libertades y por combatir la pobreza. Debería preocuparse por la conducta en sus propias filas y evitar crímenes aberrantes.

Que el pueblo elija su camino. Que el Papa contenga a sus fieles, luche por la libertad que así se combate la pobreza, y cuide su “tropa” para que no haga daño y se dedique a su acción pastoral.

Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

(*) Ingeniero Civil

Libertad y Progreso

Colaborador

Arco Iris
Parlantes