
Hay “otra” Andalgalá que resiste
Parece ser cierta aquella afirmación que sostiene que la historia se repite.
Sin embargo, aunque la historia puede parecer cíclica, lo cierto es que repetir los errores suele ser lo comprometido.
En este sentido, si bien el peligro siempre está en forma potencial o latente, una vez que se convierte en una amenaza concreta termina tarde o temprano desencadenando una serie de tragedias (individuales y colectivas).
Dicho directamente, aunque en el fragor de las diferencias sociales por la actividad minera, la discusión ya se dio en otras partes del mundo y fueron enmendadas sin que nadie, individual y desesperadamente, acuda al “suicidio” para alcanzar una solución. Apelar al encierro no ayuda.
Quienes le dan ese dramatismo a la historia no perciben que en los últimos años se ha enfatizado la necesidad de articular actores con distintos grados de responsabilidad para enfrentar los problemas más graves del mundo.
Una sociedad en desarrollo requiere la combinación dinámica de una serie de factores, como la participación amplia, la experimentación, la medición y la sistematización de experiencias. Es una puerta que abre otras puertas.
En este sentido, las acciones de seguimiento y monitoreo conjunto propuestas por la secretaría de Minería de la provincia, fundan nuevos roles (de control y fiscalización) en la sociedad civil, tendientes a volver más transparentes y operativas las políticas medioambientales.
Otras provincias y localidades mineras de todo el mundo lo aplican con éxito. Es decir que este proceso generó una identidad colectiva nueva, puesta en práctica por la necesidad de resolver los problemas alejados de los palos y de los tiros.
Por lo tanto, parece pues que una nueva cultura de la ciudadanía no debería olvidar la dimensión comunitaria con relación al tema minero, porque en definitiva se trata de resucitar la comunidad, no de terminar de hundirla. En otras palabras, es un desafío creador, no destructivo, el que nos espera.
Ahora, y volviendo al tema vertebral de esta columna, los peligros pueden ser causados por una infinidad de factores, entre los cuales se cuentan los naturales, como el desprendimiento de una roca o la erupción de un volcán, pero también están los causados por los seres humanos. La exaltación desmesurada de algunas personas sobre el tema Andalagalá sólo nos ha llevado a un callejón sin salida.
Esa actitud de “todo o nada” o “matar o morir”, oculta bajo distintos mantos el deseo de que la realidad se ajuste a la voluntad privativa e individual y muchas veces ajena a la sociedad.
Nunca son los ambientalistas los que pisan el freno, y en todo caso se inclinan a apostar la suerte del departamento Andalgalá (y de la provincia) a “todo o nada”, tal cual como un jugador compulsivo obligando a compartir los riesgos que implica hacer de la violencia una moneda corriente.
Pero es al revés.
La construcción requiere de la articulación de una sociedad civil activa y espacios institucionales receptivos para buscar soluciones eficaces, pacíficas y participativas.
La idea es buscar similitudes para constituir un denominador común que asegure la paz social, y esperando que las diferencias vayan decantando hasta desaparecer o, al menos, que logren refugiarse en espacios comunes que permitan cuidarnos de los errores en los que han caído otras comunidades que no vieron la puerta simplemente porque no se sacaron la venda de los ojos.
Así, una vez puesto a rodar el pesado carro, curiosamente decidieron que la suerte ya estaba echada, y no dejaron lugar a la evidencia ni permitieron que la gente piense a fuerza de meter tanto miedo como sea posible. Se está produciendo el peligroso retroceso.
La verdad es que nos acercamos a algunas certezas: si el ambientalismo extremo y sin fundamento se impone en Catamarca, parece que gana, pero en realidad perdemos todos, principalmente si pretenden forjar una virtual hazaña de desinformación montada sobre “sangre y cristales rotos”.
El mensaje ruidoso que llega suena brutal a los oídos de quienes escuchamos que a un grupo de personas no les importa las tristes experiencias pasadas, con tal de satisfacer su orgullo y voluntad ideológica.
Nos preparan para un “sacrificio colectivo” en aras de su individualismo que siempre ha pesado más que la comunidad y se encaminan a reincidir con otros ambientalistas menos informados que ellos, convencidos de que la violencia todo lo puede.
He aquí la integración en organizaciones delictivas estructuradas que logró atemorizar a una comunidad que apenas sobrevive económicamente ¿en nombre del medio ambiente?
Hay “otra” Andalgalá que resiste y que es pro minera. Es la que comprende todas las dimensiones de la existencia, sus creencias, sus valores, su visión del mundo, sus relaciones personales, sus sueños, sus deseos, y que no son vividos necesariamente en un espacio privado, sino compartidos, en un espacio comunitario.
Por: Redacción launiondigital.com.ar
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